¿Sabéis cuando una persona lo es todo, pero a la
vez no es nada? No es nada, decimos, no somos nada, nunca seremos nada, sólo
fingimos querernos de vez en cuando, unas horas. No somos nada, retumba en mi
cabeza, fuerte, muy fuerte. Ser “nada” quiere decir que aunque sientas algo por
una persona no lo puedes reconocer, que aunque quieras que lo vuestro sea algo,
jamás pasará de ese nivel, del nivel en el que nos estancamos. No llegamos a
querernos mucho, ni tampoco a despreciarnos, nos sentimos atados, pero a la vez
no nos debemos nada. Si no estamos juntos nos echamos de menos, bueno, al menos
yo. Yo siempre echo de menos las cosas pasadas, aunque sé que nunca serán igual
que la primera vez que las viví. Por eso a veces también a él, porque aunque no
volviera a ser igual, tenía esa ínfima esperanza de que fuera mejor. Pero toda
esperanza se desvanece, se evapora completamente, sin dejar ni rastro de un “te
quiero”, de un “lo siento”. Entonces llega la hora en la que me pregunto, ¿Qué
significa nada? Si no es nada, ¿por qué duele tanto? Nada, nada éramos
nosotros, él y yo. E igual que surgimos de la nada, nos pulverizamos,
convertidos en nada. Incluso nuestros recuerdos son nada.
Y la nada, no se puede recuperar, ni los recuerdos,
ni lo que sentí por él. Tan sólo puedo intentar ignorar que existe, ignorar que
ha existido para mi, y que ha estado en mi vida alguna vez. Sólo puedo así
sentir que ser nada cobra sentido al fin. Sí, al fin somos nada. Yo siempre
había sido nada para él, y ahora, lo entiendo, entiendo lo que significa que
una persona sea nada. Puedes decirle que no, que no quieres verla, que no
quieres saber nada más de ella, que vuestra relación se limita a ser dos
extraños, que nunca pasará nada, y que todo lo que se le pueda pasar por la
cabeza, todo sentimiento es utópico, y no tiene cabida en ti, ni en tu vida.
Pero, ¿sabéis? En el fondo echo de menos ser su
nada, su trocito de nada.

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