martes, 23 de abril de 2013

Lo “nuestro” fue extraño.


¿Sabéis cuando una persona lo es todo, pero a la vez no es nada? No es nada, decimos, no somos nada, nunca seremos nada, sólo fingimos querernos de vez en cuando, unas horas. No somos nada, retumba en mi cabeza, fuerte, muy fuerte. Ser “nada” quiere decir que aunque sientas algo por una persona no lo puedes reconocer, que aunque quieras que lo vuestro sea algo, jamás pasará de ese nivel, del nivel en el que nos estancamos. No llegamos a querernos mucho, ni tampoco a despreciarnos, nos sentimos atados, pero a la vez no nos debemos nada. Si no estamos juntos nos echamos de menos, bueno, al menos yo. Yo siempre echo de menos las cosas pasadas, aunque sé que nunca serán igual que la primera vez que las viví. Por eso a veces también a él, porque aunque no volviera a ser igual, tenía esa ínfima esperanza de que fuera mejor. Pero toda esperanza se desvanece, se evapora completamente, sin dejar ni rastro de un “te quiero”, de un “lo siento”. Entonces llega la hora en la que me pregunto, ¿Qué significa nada? Si no es nada, ¿por qué duele tanto? Nada, nada éramos nosotros, él y yo. E igual que surgimos de la nada, nos pulverizamos, convertidos en nada. Incluso nuestros recuerdos son nada.
Y la nada, no se puede recuperar, ni los recuerdos, ni lo que sentí por él. Tan sólo puedo intentar ignorar que existe, ignorar que ha existido para mi, y que ha estado en mi vida alguna vez. Sólo puedo así sentir que ser nada cobra sentido al fin. Sí, al fin somos nada. Yo siempre había sido nada para él, y ahora, lo entiendo, entiendo lo que significa que una persona sea nada. Puedes decirle que no, que no quieres verla, que no quieres saber nada más de ella, que vuestra relación se limita a ser dos extraños, que nunca pasará nada, y que todo lo que se le pueda pasar por la cabeza, todo sentimiento es utópico, y no tiene cabida en ti, ni en tu vida.
Pero, ¿sabéis? En el fondo echo de menos ser su nada, su trocito de nada.

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