A veces tratamos de aferrarnos a lo que pudo haber sido con todas nuestras fuerzas, sin ser del todo conscientes de que es ridículo seguir soñando con algo que hemos dejado sin hacer, por propia elección. Pudimos decirnos tantas cosas, y hacerlo a la cara, cuando podíamos. Podíamos. Podíamos habernos dicho que lo nuestro era una mentira, que no nos habíamos querido nunca, y que por mucho que nos empeñáramos en camuflarlo con alguna palabra bonita, lo nuestro se resumía a comernos por fuera y por dentro, eventualmente.
Yo quería que todo lo que mi cabeza había ideado fuera verdad, y lo quería con tantas fuerzas, que incluso llegó a parecerme real en algún momento de esta trepidante historia. Y me duele que sólo haya sido una idea, algo que mi fabulosa imaginación ha creado para mi, y nada más.
Tantas veces me he prometido, incluso he escrito en este pequeño rincón de mi alma, que se había acabado, que era la definitiva... que hoy incluso suena ridículo el pronunciar algo así. Olvidarlo, y todo eso con lo que soñaba cada día, no es algo que esté a mi alcance, y menos si cada vez que empieza a curarse la herida, llega, mete el dedo, y se va. Se va, para volver... como siempre. Siempre va a volver, hasta que YO le cierre la puerta. Sé que suena extraño, que en el fondo todo esto no es amor... pero cuando no lo tengo, me siento como si me quitaran una parte de mi, una parte que no sirve para nada, pero que está ahí, junto a todas las demás.
Es cierto que duele despegarse del pasado, sobre todo cuando el pasado se empeña en ser presente... pero tenemos, TENGO, que aprender que de recuerdos no se vive, y que las cenizas se barren, que se las lleva el viento, o algo así. Que los sueños, como decía Calderón de la Barca, sueños son. Y que abrazar a los recuerdos es como abrazar a un rosal... pensando que vas a alcanzar las flores, cuando lo único que consigues es clavarte las espinas.
Me estoy dando de bruces con el rosal, y con todo lo que te puedas chocar en este mundo y más, entusiasmada con cambiar a una persona que no va a cambiar. Ilusionada, pensado que todo puede ser diferente, y descubriendo cada día que es igual que el anterior y que el anterior también, y que al principio, cuando no significaba nada para mi.
Ese principio, que hoy rememoré... contando la historia, algo se me removió dentro, no sé si era el corazón que se me quería salir por la boca, o si era mi cabeza intentando decirme: "¡Ves! ¿Y en estos años qué es lo que ha cambiado? Todo sigue igual, todo sigue mal."
Que sus palabras más bonitas, sean que "adiós", que "se acabó"... Y así un día sí, y otro también. Pero nunca es un adiós, nunca se acaba.
Y tengo la posibilidad en la palma de la mano... puedo cogerla, ir, verlo, y decirle todo lo que siento, o quizás mejor, todo lo que sentía y ya no siento. Que es mucho, aunque parezca poco. Lo he querido... Sí, ¿Por qué no? Puedo decir abiertamente que he sentido algo muy fuerte por él, que me he ilusionado como si fuera una niña, creyéndome que lo iba a cambiar, que se iba a enamorar de mi, o algo así. Pero me he chocado contra la cruda realidad. He esperado todo lo que pensé que él necesitaba para darse de cuenta de que lo quería, de que todo lo que hacía lo hacía por algo, por él... Y pasan los meses, los años, y lo único que ha descubierto él, es que siempre voy a sus llamadas, y que puede hacer lo que sea sin tener ninguna consecuencia. Y yo no soy su madre para darle todos los caprichos que me pida, es más, cada día que pasa tengo menos motivos por los que consentirlo lo más mínimo. Simplemente quiero que se acabe esto. Que se acabe bien, o mal... pero que se acabe. Que pueda verle y no me entren ganas de querer quitarle la ropa, la vida.
Y joder, como duele tomar decisiones. ¿Debería ir, acabar con esto... o seguir jugando a que todo es como siempre?
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