Hace tanto que no escribo, y que no pienso en escribir. Me he convertido en una simple, como tantas otras, que vive sin vivir y se desquicia cada dos por tres sin razón aparente. Sólo enfadada consigo misma.
El verano es despiadado, pero más lo es estar en casa, aquí, en el pueblo del que tantas veces soñé con marchar.
Mi rincón de paz, donde me siento segura, tiene nombre de ciudad, y está lejos de aquí, a cuatro horas o algo parecido. Esperaba enamorarme locamente de Salamanca, y lo he conseguido.
He conocido a grandes personas, vivido idílicas historias y arañando aprobados para volver un año más. Y a un mes de mi regreso, casi reboso alegría por alejarme de esto, de la gente, el ambiente, las personas, las de siempre, que nunca quise ver.
Es como si estuviera fuera de lugar todo el tiempo, con mis padres detrás, diciéndome qué hora es y cuantos años tengo a cada segundo. Como si este año sólo estuviera en mi imaginación.
Hace un año temblaba del miedo que tenía a lo nuevo y a lo desconocido. Hoy me alegro de que el temblor no parase mis pies y pudiera seguir adelante, porque me gusta lo que hago, y me gusta con quién lo hago.
No hay comentarios:
Publicar un comentario